La escalera
marinera se cimbraba mientras subía por ella con un cable de red en mano. ¿Pero
qué rayos hago aquí? Me pregunté cuando ya estaba varios metros por arriba del
suelo. Necesitaba conectar un cable que uniría las redes de cómputo de dos
edificios dentro de un complejo gubernamental federal. Quería ser ingeniero en sistemas,
pero esto de tender un cable inter-edificios ya me estaba pareciendo que tenía
poco que ver con ello, sobre todo cuando la escalera estaba haciendo las cosas
innecesariamente dramáticas.
Mi relación
con el hardware, la parte física o sea “los fierros” de las computadoras,
siempre ha sido emocionante, no tanto como la subida por la escalera floja, pero
sin duda es un mundo asombroso. Ver que hay adentro y cómo funciona. Lo máximo,
modificarlo para mejorarlo. Como cuando agregas memoria o un disco duro de más
capacidad o le cambias la batería a una laptop.
La primera
vez que abrías tu computadora para limpiarla, normalmente se te quitaban las
ganas al ver la placa madre, llena de chips y componentes electrónicos. Tan
compleja, tan intimidante. Había quien le soplaba tímidamente y la volvía a
cerrar, desistiéndose de la idea.
Mi primer
contacto con el interior de las computadoras fue a mediados de los noventa, cuando
hice el servicio social en un centro de cómputo durante mis estudios
universitarios. Había que abrirlas para instalarles tarjetas de red o
agregarles más memoria. Así es, las tarjetas de red (para cable eh, el WiFi aún
no pintaba) eran un componente opcional.
Las computadoras eran dispositivos bastante
aislados. Aunque la mayoría por ese entonces ya tenían un modem incluido para enchufar
tu línea telefónica a tu computadora, de modo que pudieses conectarte a Internet
a través de un proveedor de servicios, que no era tu compañía telefónica, por
cierto, sino que era un tercero que se dedicaba a eso exclusivamente, a la
conectividad con Internet.
Bueno, pues abrías las computadoras para agregarles unas tarjetas de memoria, tarjetas de
red o discos duros. Había que usar pulsera antiestática para eliminar riesgos,
pero había quienes lo hacían a mano limpia. Las memorias y tarjetas venían en
bolsas antiestática.
Instalabas
las tarjetas de red, cerrabas la computadora, introducías un diskette que instalaba
el controlador de la tarjeta de red para que la computadora la pudiera
utilizar. La computadora no puede usar el hardware, si esta no tiene un software que le permita utilizarlo.
Por cierto, tuve un profesor que nos prestaba componentes electrónicos para hacer prácticas. Le encantaba darte memorias sin bolsa antiestática. Había quien entraba en pánico, como si le hubieran puesto un alacrán en la palma de la mano.
Luego instalabas otro software llamado TCP/IP, el
nombre técnico de la conectividad que hace posible al Internet. Hoy no tienes
que hacer nada de esto, las computadoras vienen con todo lo necesario para usar
internet, solo tienes que conectar un cable de red o seleccionar una red
inalámbrica y conectarte.
En el
servicio social instalé muchas tarjetas de red para agregar computadoras a la
red local. La primera vez que instalé un disco duro, mi supervisora, una maestra que impartía la clase de redes, me lo pidió
casualmente. Era evidente que nunca había cambiado uno, pero que te lo pidan como a quien le encargan un mandado y eso te da la
confianza de que es algo bastante trivial. Así que solo abrí la computadora, vi
como estaba conectado el disco actual, lo desconecté y lo cambié por el nuevo.
Para mí, después
del hardware vino lo de crear cables para conectar redes. Empezó con una
materia de redes de computadoras o algo así. Había que cortar el cable a
la longitud requerida, luego pelar un extremo de este para dejar expuestos los
hilos de cables más pequeños que a su vez tenía dentro y meter estos
hilos en los minúsculos canales de un conector de plástico transparente,
conocido como RJ-45, que se parece bastante a uno de esos conectores que tiene
el cable de teléfono que enchufas a la toma de la pared en tu casa, solo que el
de red es más grande. Si has conectado un cable de red a una computadora, ya
sabes cuál es.
Metías estos pequeños cables al conector y luego con unas pinzas
especiales presionabas el conector haciendo que unos pequeños contactos de
cobre en este descendieran y pincharan las puntas de los cables para que la
corriente eléctrica circulara desde la punta del conector hasta el cable.
Luego había
que probar que funcionara. Para esto, lo probabas con un multímetro, un
dispositivo que te ayuda a confirmar conectividad en cada una de contactos
metálicos del conector. El multímetro tiene que emitir un pitido de
confirmación. Si uno de estos conectores no sonaba, significaba que el cable no
servía y había que hacerlo de nuevo. Hacerlo de nuevo significaba desechar el
conector porque una vez que este ha sido presionado con las pinzas, no lo
puedes quitar, hay que cortar la punta del cable que contiene el conector mal
puesto y ponerle uno nuevo. Y así hasta que las dos puntas del cable tienen su
conector funcionando correctamente.
Esto
siempre fue algo muy molesto para mí. Mis habilidades no son las mejores para manejar
estos hilos interiores tan delgados, así que acumulé una buena cuota de cables
decapitados. Hoy en día puedes comprar estos cables ya hechos en tiendas de
artículos para oficina y es posible que tu modem de internet venga con uno incluido. En el día a día del usuario común, no son realmente necesarios, a menos que
te dediques a conectar redes empresariales de cómputo. Lo que sí es que tener
un cable de red a la mano no es mala idea, la conexión por cable es más
confiable y a veces más rápida que la conexión inalámbrica. Actualmente hay
algunos hoteles que aún tienen disponible conexión a internet por cable de red
en las habitaciones, por lo que te puede salvar la vida llevar un cable de
estos. Así mientras los demás batallan con las insufribles velocidades del internet
hotelero, tu podrías disfrutar de una gran conexión gracias a un cable.
Volviendo al
inicio, un día ya fuera de la escuela y en mi primer trabajo, ahí estaba
subiendo junto con un colega esa escabrosa escalera para conectar los
edificios. Todo salió bien, no hubo luchas en las alturas ni una carrera contra
el tiempo para conectar el cable. Con lo de la escalera fue suficiente.
Después
de eso no me volví a dedicar mucho más a las redes, más que a administrarlas
por un tiempo. Eso es algo que haces desde la comodidad de un escritorio,
tecleando instrucciones o dando clics en una aplicación.
Dicen que echando a perder se aprende. Y sí, a veces echando a perder también se aprende lo que no te gusta hacer.
Imagen: Vilius Kukanauskas