Cuando estuve trabajando en Reino Unido, a mediados de los dos mil dieces, me ocurrió una de las experiencias más curiosas de mi vida profesional, la empresa para la que colaborábamos envió a una persona exclusivamente para vigilar a mi equipo.
Se trataba
de un proyecto para una de las empresas más grandes del mundo en el rubro de
alimentos.
Un día
llegó a la ciudad donde estábamos, proveniente del corporativo, en Estados
Unidos, una chica de la que nadie sabía cuál era su rol en el
proyecto. Ella simplemente estaba ahí en cada reunión, muy atenta. Y cuando no
lo estaba, preguntaba. Un día, el gerente de proyecto de nuestro equipo dijo que
algo se nos había olvidado hacer, ella al final de la reunión preguntó: “De
nuevo ¿cuál es esa cosa que mencionaste que olvidaron?”.
Nunca
interactuaba con nadie, ni siquiera de su propia empresa. Solo
estaba presente. No solo durante la jornada laboral, también durante nuestro tiempo
personal. Una tarde se ofreció para darme un aventón a mi hotel.
Hizo conversación, le proveí poquísimo y le hice una serie de preguntas que
ella despachaba rápido. Ella contrarrestaba preguntándome cosas
a mí. ¿Y cómo van? ¿cuánto tiempo tienes haciendo esto? Debe ser pesado a veces
trabajar en tantos proyectos y atender a varios clientes al mismo tiempo ¿no?
Fue con
nosotros a Londres en el primer fin de semana libre que tuvimos y nos acompañó
en nuestro tour de bares por Soho. No era particularmente platicadora, casi no éramos conscientes de que estaba ahí. Ella atenta a todo.
Nadie de los casi diez que éramos en el grupo de esa ocasión la recuerda hasta
que lo señalas. Pero ahí está en las fotografías de esa noche.